
Iniciador del proceso de unificación de Japón. Su vida estuvo llena de de continuas conquistas militares que le condujo de ser un señor menor (daimio) a convertirse en el más poderoso de todos y dominar el territorio central de Japón, incluyendo la corte imperial de Kyoto la cual conquistó en el año 1568. Nabunaga redujo el poder y la influencia budista, llegando a destruir el monasterio de Enryakuji en 1571, al tiempo que alentó la expansión del cristianismo realizada por los jesuitas así como las relaciones con Occidente. El 21 de junio de 1582, sufrió una rebelión de sus propios vasallos, y, sitiado en un templo en Kyoto, se suicidó según el ritual del Seppuku (en el texto no la denominaré harakiri como es mayormente conocido para el occidente, ya que en Japón esta denominación es considerada vulgar) Su general Toyotomi Hideyoshi lo sucedio, acabando su obra de reunificación del país.
21 de Junio de 1582
Oda Nobunaga
Oda bebía sake, los sonidos de la batalla le llegaban desdibujados, desde que tomó su decisión, su última decisión como guerrero, como bushi, el afuera era algo incierto. Recordaba cada episodio de su vida; así debía ser ya que había empeñado la voluntad en hacer su propio seppuku.
El cuarto cerrado sólo tenía una alfombra de fieltro roja, velas encendidas a pesar de que en el exterior el día aún era joven y, como único adorno, un bello lienzo con la pintura de un cerezo en flor.
Oda caminó hacia la alfombra, se arrodilló en ella, delante de él yacía la corta y filosa wakizashi. Seré – pensaba – como el código lo dicta, igual al capullo vaporoso de la flor del cerezo, bello y efímero, que se deshoja antes de que sus pétalos se marchiten, así caerá mi cuerpo, inerte, antes de sufrir la ignominia de ser muerto por otro. Ese otro que me busca, que recorre mi palacio y me busca.
Escribió su última pincelada, su declaración de la vida que dejaba atrás. Su alma de poeta nació y murió en ese instante, sobre esas líneas veraces y espontáneas, sobre sus últimas palabras de hombre, de guerrero, de bushi:
La flor lo ignora,
mi vida ha terminado.
Ella aún florece.
Cubrió sus manos con un paño y alzó la wakizashi a la altura de sus ojos, tal vez un instante pasó, tal vez toda su vida, la frase de un waka vino a su mente, “Ay mi vestido/ acaba de descoserse”, los sonidos ya eran demasiados próximos, había terminado de caer su castillo; de seguro las fuerzas rebeldes estarían en los próximos corredores. Saludó respetuosamente a su intima asesina, la wakizashi. Descubrió su torso y respiró hondo, muy hondo, como queriendo absorber todo el aire que le rodeaba, todo ese oxígeno que pudriría su cuerpo y que ahora avivaba las llamas. Por último, recogió sus mangas debajo de sus rodillas para no cometer el deshonor de morir de espaldas al suelo.
En el tapiz, se dibujaba la verde ladera de una montaña; a sus pies, un arroyo ondulaba los colores del lienzo bordeado de vistosas piedras y finas cascadas, a la izquierda se yergue un apacible cerezo en flor como una nube etérea y en sus ramas un ruiseñor canta.
Luego entró la lateral herida, serena, sobre su abdomen izquierdo. Se deslizó como un pincel sobre una quebradiza hoja hacia la derecha y volvió lentamente hacia la izquierda para concluir ascendiendo unos centímetros. Oda sentía el suave ondular de una abeja, el rumor del agua al golpear el suelo. Durante todo el proceso no movió un sólo músculo de su rostro. Contemplaba los capullos del cerezo, por momentos él era esos capullos que se desprendían victoriosos del árbol sin cometer la afrenta de marchitarse, siendo eternamente blancos, conservando su honor a pesar de ser sólo un instante, fugaces como un copo de nieve. Cuando extrajo la Wakizashi se inclinó levemente hacia a delante, sus ojos aún miraban las flores que se desprendían, se descascaraban de la pintura en albísimos pétalos y tocaban su rostro con odorífera caricia, un ruiseñor de tonos grises y amarillos cantaba a lo lejos. Oda caminó con paso firme hacia la pintura. Allí el agua corre inmutable, el ruiseñor modula sus cantos y el viento atraviesa las ramas del frágil cerezo. Hoy, una figura permanece sentada a la orilla del arroyo.
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